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Las noticias sobre el actual proceso de paz en los medios masivos de comunicación son bastante efímeras. Una nueva crisis surge sin que las reflexiones y análisis sobre la anterior crisis hayan sido decantados. Además de evidenciar la función social que cumplen los medios de comunicación en nuestra sociedad, el debate surgido a partir de dichas noticias es un reflejo de las principales características del escenario político colombiano: su pugnacidad y polarización extrema. No podría ser de otra forma, dadas la naturaleza y particularidades del conflicto social y armado en Colombia.

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Ha sido una práctica de las sociedades divididas en clase, donde los que detentan el poder  siempre han intentado borrar las ideas libertarias asesinando a los líderes que las propagan y  defienden, estúpidamente convencidos que matando al hombre, matan las ideas. Olvidando lo ratificado por la vida, que cuando estos casos se dan, las ideas que quisieron matar se propagan mucho más rápido, germinando con toda la fuerza que da la razón y las causas justas, en la conciencia de los hombres honrados. 

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Comunicado

La presencia de miembros de la Delegación de Paz de las FARC-EP en el corregimiento de Conejo, en el departamento de la Guajira, ha desatado una injustificada polémica levantada por los más connotados voceros de la derecha guerrerista.

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La Habana, Cuba, sede de los diálogos de paz, febrero 11 de 2016, año de la paz


El ACUERDO GENERAL de La Habana de 2012 establece en su preámbulo que la construcción de la paz es asunto de la sociedad en su conjunto que requiere de la participación de todos, sin distinción. Por otro lado la Constitución Política de Colombia indica en su artículo 22, que esta es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento, y en su artículo 95 señala como un deber de la persona y del ciudadano, propender por el logro y mantenimiento de la paz.

El Secretariado Nacional de las FARC-EP lamenta informar a todos los integrantes de nuestra organización, guerrilleros, milicianos, militantes del Partido Comunista Clandestino y núcleos bolivarianos, que en la madrugada del día 7 de febrero de este año fue hallado en la caleta de su campamento el cuerpo sin vida del Camarada Martín Villa, miembro del Estado Mayor Central, fallecido por causas naturales a la edad de 83 años, tras una larga y fructífera vida al servicio de la revolución colombiana y su pueblo.

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Un reciente titular de la agencia EFE se encargó de notificar al país, que los Estados Unidos y Colombia celebrarán muy pronto los 15 años del Plan Colombia en la Casa Blanca.

El acto tendrá lugar, según la información difundida, el día 4 de febrero de 2016, en Washington, y a él asistirán en primer lugar los Presidentes Barack Obama de los Estados Unidos y Juan Manuel Santos de Colombia. También figuran como invitados los ex Presidentes norteamericanos Bill Clinton y George Bush, y los colombianos Andrés Pastrana y Álvaro Uribe.

De acuerdo con declaraciones del ex mandatario Andrés Pastrana a la misma agencia, se trata estrictamente de la celebración de los éxitos del Plan Colombia acordado 15 años atrás por el Presidente Clinton y él mismo. Según Pastrana, los éxitos a que se refiere no son otros que “un fortalecimiento de las fuerzas militares del país como nunca en la historia, que permitió una política de seguridad democrática y llevar a la guerrilla a una mesa de negociaciones”. Asimismo aseguró que dicho Plan permitió el fortalecimiento de unas instituciones que estaban “al borde del abismo”, una política social “exitosa” y “el tratado del libre comercio con EE.UU., que era la base del Plan Colombia”.

El sentido de las declaraciones de Pastrana traen a su vez a la mente las afirmaciones del General John F. Kelly, jefe del Comando Sur de los Estados Unidos, quien, en un artículo publicado en el mes de mayo de año anterior en el Nuevo Heraldo de Miami, aseguró que el Plan Colombia, el paquete de asistencia militar proveniente de los Estados Unidos valorado en nueve mil millones de dólares y aprobado en el año 2000, les ha “mostrado el camino” para derrotar al Estado Islámico, otro “enorme reto para los Estados Unidos y sus aliados”.

El general Kelly, que titula su artículo La resolución de Colombia merece respaldo, afirma en él algo revelador: “Colombia nos ha enseñado que la batalla del relato es quizás la más importante de todas”. Es decir, que lo más importante no reside en lo que efectivamente suceda, sino en lo que se logre inculcar en la mente de la gente. Una guerra puede perderse o fracasar en sus propósitos, pero lo que cuenta en verdad es lo que se haga creer al gran público.

Es evidente a estas alturas que los proclamados éxitos del Plan Colombia solamente hacen parte de la batalla del relato, una de cuyas escenas centrales será la celebración de su aniversario.

Es fácil concluirlo, pues desde su planteamiento inicial estaba asentado en falsedades. Según se afirmó a principios de siglo, el Plan Colombia tenía como objetivo fundamental el combate contra el narcotráfico, dentro de la estrategia general norteamericana de guerra contra las drogas. Por ser Colombia entonces el principal exportador de cocaína hacia los Estados Unidos, el Plan aparecía así como un fuerte respaldo económico y militar por parte de USA, al gobierno y al país que más se esforzaban en una ya larga confrontación con los carteles mafiosos.

Quince años después la realidad sigue siendo prácticamente la misma, en cuanto se refiere a la producción y exportación de cocaína y otras sustancias narcóticas de origen colombiano.

A mediados de 2015, cuando se dio a conocer el informe de monitoreo de la Oficina de Naciones de Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), presentado conjuntamente con el gobierno colombiano, la conclusión resumida fue que los cultivos de coca y la producción potencial de cocaína en Colombia aumentaron en 2014. Los primeros crecieron un 44%, ya que pasaron de 48.000 hectáreas en 2013 a 69.000 hectáreas en el último año, mientras que la producción del alcaloide pasó de 290 toneladas a 442, lo que significa un aumento del 52%. Triste panorama para calificarlo como un éxito. Además las noticias dan cuenta de cómo en muchas regiones del país los campesinos han abandonado el cultivo de la coca, para reemplazarlo por el de marihuana, que crece de modo exorbitante a raíz de otra serie de factores.

Habría que tener en cuenta que uno de los pilares fundamentales del plan de erradicación de cultivos de uso ilícito estuvo centrado en el PECIG o Programa de erradicación de cultivos ilícitos, pese a las múltiples denuncias de instituciones internacionales, organizaciones no gubernamentales, estudiosos y comunidades acerca de los graves daños a la salud humana, ambientales, sociales y económicos no sólo en Colombia sino en países vecinos como Ecuador.

Pues bien, en abril de 2015, la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer de la Organización Mundial de la Salud, clasificó al glifosato como probablemente cancerígeno para los seres humanos. Con base en ello, el Ministerio de Salud de Colombia recomendó al Ministerio de Justicia suspender las fumigaciones. Y el 14 de mayo de 2015, el Consejo Nacional de Estupefacientes decidió suspender las fumigaciones aéreas con glifosato contra los cultivos considerados de uso ilícito, ante la abrumadora evidencia de que las denuncias eran ciertas. ¿Quién puede ufanarse entonces de los éxitos del Plan Colombia?

Por su parte, según las declaraciones de Andrés Pastrana, uno de sus mayores éxitos fue el fortalecimiento sin antecedentes de las fuerzas armadas colombianas, y la política de seguridad democrática que obligó a la guerrilla a sentarse a la Mesa de Conversaciones. Sorprende el cinismo del ex Presidente, pues sabe perfectamente que cuando se concibió y empezó a aplicar el Plan Colombia, las FARC-EP se hallaban sentadas con su gobierno en un proceso de conversaciones de paz. Sabe bien el señor Pastrana que más bien fue la implementación inconsulta y descarada de dicho plan, lo que vino a enrarecer y echar a pique el proceso de paz del Caguán.

Ahora bien, lo que todos sabían entonces era que el Plan Colombia no era lo que se decía en público, sino que consistía en una gigantesca operación contrainsurgente que pretendía absurdamente dos cosas. La primera de ellas, la derrota militar de las guerrillas, particularmente de las FARC-EP. Y la segunda, dotar al Estado colombiano de un aplastante aparato de represión militar, judicial, política y social, que le permitiera, por la fuerza, garantizar la completa implementación de los paquetes económicos neoliberales ordenados por el FMI y el Banco Mundial. No es gratuita la cínica afirmación de Pastrana cuando asegura que la base del Plan Colombia era el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos.

Ya él mismo se había quitado la careta, cuando en sus memorias sobre la época reconoció que el proceso de paz del Caguán sólo había tenido como objeto un papel distractor, para ganar tiempo, mientras el aparato militar colombiano se agigantaba para derrotar definitivamente la insurgencia. En ese sentido cabe más bien la aseveración contraria. En cuanto a la derrota de esta, el Plan Colombia demostró en la práctica su más absoluto fracaso. Antes que alcanzar la victoria, el conflicto armado colombiano alcanzó su pico más alto en la historia, dando lugar a la más horrorosa campaña de crímenes de guerra y de lesa humanidad, y a la más aberrante violación de los derechos humanos por parte del Estado colombiano, en contra de millones de compatriotas que pagaron con su sangre, su despojo y su sufrimiento los costos de esa aventura.

A comienzos del año 2014, la Unidad de Víctimas de la Fiscalía General de la Nación, entidad inclinada a adjudicar a la insurgencia el mayor porcentaje de crímenes posible por cuenta del conflicto, publicó sus cifras sobre las víctimas del conflicto colombiano en el período comprendido entre 1984 y 2013. En dicho período, de mayoritaria ejecución del Plan Colombia, la entidad registraba 5.368.138 casos de desplazamiento forzado, 636.184 homicidios, 93.165 desapariciones forzadas, entre otra larga lista de horrores que los gobiernos de los Estados Unidos y Colombia seguramente festejarán el 4 de febrero como uno de sus mayores éxitos.

Mientras que en el año 1985 el número de víctimas imputables al conflicto alcanzaba la cifra de 11.971, y la suma de todas ellas entre ese año y 1999 llegaba a 1.140.661, el año 2000, primero de la implementación del Plan Colombia, producía la impresionante cifra de 455.776 víctimas. Y la suma de todas ellas desde ese mismo año al 2013, es decir durante la ejecución del plan que tanto enorgullece a quienes se reúnen a aplaudir sus éxitos, produjo la espantosa cifra de 5.130.816 víctimas, es decir cinco veces más víctimas que todas las que produjo el conflicto antes de entrar en vigencia el engendro criminal que se llamó Plan Colombia.

Por su parte, el Centro Nacional de Memoria Histórica, creado por la administración de Álvaro Uribe Vélez, registró la ocurrencia de 1982 masacres entre 1980 y 2012, es decir un total de 5,1 masacres por mes, y todos sabemos que tal cifra comenzó a crecer desbordadamente a comienzos de la década de 1990, alcanzando su mayor grado de demencia a comienzos de este siglo, precisamente en coincidencia con la entrada en vigor del Plan Colombia. Ni una sola vez en este país se registró un combate entre las fortalecidas fuerzas armadas colombianas y los grupos paramilitares causantes de la inmensa mayoría de las matanzas de humildes colombianos.

Está de más referirse a las ejecuciones extrajudiciales, denominadas eufemísticamente falsos positivos, asesinatos impunes de civiles inermes cometidos por el Ejército Nacional, para presentarlos como guerrilleros dados de baja en combate. Para nadie es un secreto que tal práctica se convirtió en sistemática a partir de la entrada en vigor del Plan Colombia.

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Lunes, 01 Febrero 2016 00:00

Movilización, no desmovilización

Por Julián Subverso,integrante de la Delegación de Paz de las FARC-EP

Mirando un reportaje emitido días atrás por el diario inglés The Guardian en su página web, me vi en la necesidad de aclarar ciertas cuestiones relacionadas con lo que allí se dice y que no solo generan confusión, sino que además, reafirma una estigmatización sin fundamento sobre la guerrilla más grande y antigua de América.

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